Funcionan las feromonas?
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Existen las moléculas del amor?.
En principio, como cualquier otro sentimiento, emoción o actividad
psíquica, las bases del amor radicarían no en el corazón sino en el
cerebro. Pero la bioquímica de los sentimientos y de las emociones aun
se encuentra en sus balbuceantes inicios y las investigaciones sobre el
sentimiento amoroso todavía son insuficientes para podernos ofrecer un
perfil definido. Pero existen algunos hechos interesantes, hipótesis más
o menos contrastadas e incluso la posibilidad de que ciertas moléculas,
las feromonas, puedan tener un papel protagonista al respecto.
AMOR Y EVOLUCIÓN.
Un artículo, titulado (traducido) "Anhelo, atracción y vinculación en la
reproducción de mamíferos"
publicado
en la revista Human Nature, por la Dra. Helen Fisher del Centro de
Estudios Evolutivos Humanos de la Universidad de Rutgers, en Nueva
Jersey, una Universidad americana con más de doscientos años de
historia. En este artículo, referido a los mamíferos y, más
concretamente, a los seres humanos, se evalúa la evolución del
comportamiento en relación con los tres sistemas emocionales: el anhelo
(ansia y libido), la atracción y el apego (vínculo o fidelidad), todos
ellos asociados con el juego del apareamiento y la reproducción. Para la
Dra. Fisher cada una de esas emociones posee sus propios circuitos
cerebrales así como sus correspondientes mediadores químicos. Y, según
la investigadora, "a lo largo de la evolución humana, estos sistemas
emocionales han ido independizándose entre sí, fenómeno éste que puede
contribuir a explicarnos la flexibilidad del apareamiento humano y el
amplio rango, actualmente existente, de estrategias de apareamiento y
reproducción". De acuerdo con ello, este modelo evolutivo divergente
ayudaría a explicar por qué los seres humanos pueden sentir
simultáneamente apego o vinculación respecto a una persona, atracción
por otra y anhelo o gran atracción sexual (sin atracción romántica), por
otra diferente.
El anhelo físico se desarrolló evolutivamente en busca de una
gratificación sexual, mientras que la evolución del sentimiento de
atracción sirvió a los individuos para particularizar sus esfuerzos de
apareamiento con los compañeros preferidos. Respecto al sentimiento de
apego o vinculación, fue determinante para ejercer la labor formadora
sobre los hijos tras la paternidad. Esta noción de sistemas separados
evolutivamente podría explicar el que ciertos matrimonios convenidos, en
algunas culturas, tengan éxito, o que, a veces, uno de los miembros de
la pareja pueda engañar al otro e, incluso, por qué los amantes
menospreciados pueden cometer crímenes pasionales. Se trataría siempre
de la hipertrofia de uno de esos tres sentimientos respecto a los otros
dos. Por ello, según la Dra. Fisher el amor no puede ni debe confundirse
tan solo con la atracción romántica, que por sí sola puede ser una
emoción positiva o negativa. Capaz, por un lado, de estimular las
mejores creaciones poéticas del mundo o de provocar nuestros momentos
más felices, pero, también, puede ser la base de asaltos, homicidios,
depresiones clínicas y suicidios.
En el caso concreto del sentimiento de la atracción, más estudiado,
existe una relación directa entre el mismo y el aumento de ciertas
concentraciones cerebrales del neurotransmisor dopamina y de otros
mediadores químicos. Ellos serían los responsables de la aparición de
los síntomas humanos de atracción pasional, tales como alborozo,
energía, insomnio o reducción del apetito.
FEROMONAS.
El naturalista francés Jean-Henri Fabre, en 1870, observó que ciertas
polillas machos se desplazaban a distancias de kilómetros hasta llegar a
las hembras, atraídos por ciertos olores o sustancias emitidos por
éstas. En 1959, un fenómeno análogo se observó en los gusanos de seda y
comenzaron a denominarse feromonas a esos mensajes químicos producidos
por ciertos animales, mensajes destinados, usualmente, a su pareja de
sexo contrario y que pueden tener funciones muy diversas, entre ellas
las de la atracción. Se han encontrado en anfibios y en la mayor parte
de los reptiles, contando buena parte de los mamíferos con un órgano
vomeronasal que, en los pájaros, solo se ha detectado en su fase
embrionaria. Las moléculas feromonas y las moléculas de los olores
poseen algunas características comunes: pasan al aire y son detectadas
por células nerviosas especializadas ubicadas en la nariz. Pero sus
diferencias son evidentes: los olores se detectan en el epitelio
olfativo, mientras que las feromonas lo son por el denominado órgano
vomeronasal; el número de receptores de las feromonas, al menos en
ratas, es de unas decenas, mientras que los de olores se cuentan por
centenas; a los olores les corresponden respuestas acopladas (olor a ajo
con salsa alioli, por ejemplo), mientras las feromonas no huelen y
afectan a los circuitos cerebrales relacionados con el comportamiento;
el sentido del olfato (al menos en humanos) opera de forma consciente, y
el de las feromonas no; por último, parece existir una especificidad de
género para las feromonas: los machos no responden a las feromonas
producidas por ellos, que si afectan a las hembras, y viceversa.
¿FEROMONAS HUMANAS?.
Su existencia es un tema controvertido. Los anatomistas han venido
señalando la existencia de una estructura vomeronasal en los fetos,
aunque no en adultos, como un vestigio evolutivo. Pero, ¿realmente ha
desaparecido totalmente?. El Dr. David Berliner, investigador de la
Universidad de Utah, no lo piensa así. Identifica a ese órgano, desde
1980, con unos pequeños y ubicuos hoyos presentes en el septo nasal,
opinando que poseen una unión funcional con el eje
hipotálamo-hipofisario del cerebro, que es una pequeña región reguladora
de la producción, por otras glándulas, de numerosas y variadas hormonas.
Dice haber aislado diversas feromonas humanas, algunas emitidas a través
de la piel.
Se
conocen cerca de 40 sustancias
que actuan como feromonas humanas, identificadas naturalmente o fabricadas sintéticamente.
Un experimento científico realizado en Suiza utilizó en condiciones controladas 44 hombres, durante dos noches llevaron unas camisetas determinadas. Tras ello, las camisetas se colocaron en recipientes adecuados y se dieron a oler a un buen número de mujeres. Se dieron ciertos resultados muy claros relacionados con los así llamados antígenos de histocompatibilidad (MHC, una especie de "tipaje inmunológico") de los hombres portadores y las mujeres oledoras, que respondieron tal como un biólogo evolucionista esperaría. Ellas prefirieron los olores (¿o feromonas?) de los hombres con MHC más diferentes con los suyos propios y los preferidos eran parecidos a los de sus actuales o pasadas parejas.
